“Solo el pueblo ayuda al pueblo”
Notas de Santiago de Chile

David Espinoza
Santiago de Chile, 31 de Maio de 2020

HAMBRE. Esta fue la palabra proyectada en un enorme edificio de Santiago el 18 de mayo.

Los 18 de cada mes se transformaron en fechas emblemáticas desde el 18 de octubre del año pasado, cuando el país estalló. Los 30 pesos de aumento del pasaje de Metro fueron suficientes para que la población cuestionara los 30 años de neoliberalismo. “No son 30 pesos, son 30 años”, empezaron a decir millones en las calles.

Dentro del multitudinario movimiento social, algunos dicen que se inició una revolución, otros la llaman revuelta, rebelión, estallido social. Las definiciones son muchas. La historia dirá qué fue lo que empezó el 18 de octubre. Lo que todos sabemos es que de ese día en adelante todo cambió y nada volverá a ser igual.

De octubre hasta ahora fueron asesinadas por la policía chilena y el ejército más de 40 personas. Más de 400 sufrieron mutilaciones en los ojos por disparos de balines de goma o bombas de gas lacrimógeno al rostro, muchas de las cuales terminaron perdiendo parcial o totalmente la vista. Centenas de personas fueron torturadas y violadas dentro de las comisarías. Hasta ahora, ninguna de las reivindicaciones del pueblo fue solucionada y no hay ningún policía o autoridad política presos por los crímenes que cometieron. La bronca contra la privatización de todos los servicios públicos, contra los bajos sueldos, la falta de derechos laborales, el robo de las pensiones de los jubilados por las Administradoras de los Fondos de Pensión, contra la policía y el gobierno, sigue aumentando. Y ahora se suma un nuevo y enorme problema, motor de muchas revoluciones: el hambre.

Antes de la pandemia, Chile ya vivía ese momento único en su historia. Un ascenso popular impresionante, donde la gente empezó a cuestionar todo: los políticos, el Parlamento, el ejército y la policía, la iglesia, los medios de comunicación, las grandes empresas, el consumismo, todo. En uno de los países más sísmicos del mundo, se inició un gran terremoto social.

El último 8 de marzo se realizó una de las manifestaciones más grandes de la historia del país, con más de 2 millones de personas, la gran mayoría mujeres, en las calles. Una semana después, con los primeros casos de coronavirus, las manifestaciones empezaron a disminuir hasta casi desaparecer. La Plaza Dignidad, centro de las protestas en Santiago, se vació. De las plazas, las protestas pasaron a los lugares de trabajo, dónde los trabajadores empezaron a exigir la cuarentena y otras medidas contra la pandemia. En los malls (shoppings centers) los trabajadores de las tiendas empezaron a cacerolear y a mandar a la gente a sus casas. En varias obras y empresas trabajadores paralizaron exigiendo la cuarentena. La población de las ciudades costeras empezó a cerrar carreteras para que los ricos no fuesen a pasar la cuarentena en sus casas de playa.
La respuesta del gobierno y de los patrones fue dura: despidos y suspensión de contratos. El gobierno rápidamente aprobó una ley que permite la suspensión del contrato laboral de los trabajadores sin la necesidad que las empresas los despidan.

Así, los empresarios pueden mandar a sus trabajadores a la casa sin tener que pagarles el sueldo, ya que la ley prevé el pago de los sueldos con plata del seguro cesantía, o sea, de los propios trabajadores. El primer mes de suspensión, 75% del sueldo. El segundo mes, 50%, el tercer, 25%. Así, el trabajador puede ir acostumbrándose al hambre de forma gradual.

Entre marzo y mayo más de un millón de personas tuvieron sus contratos suspendidos o fueron despedidas, en un país que tiene una fuerza laboral (ocupados y desocupados que están buscando empleo) de más o menos 9 millones de personas. Esto sin contar a los centenares de miles que perdieron la posibilidad de trabajar en la informalidad por el avance de la pandemia. Desde fines de marzo, el gobierno empezó a decretar la cuarentena obligatoria en las comunas más afectadas por el virus (las más ricas). Con el tiempo, la cuarentena empezó a extenderse a más y más comunas del país y de Santiago, foco del contagio. El 22 de mayo todas las comunas de Santiago entraron en cuarentena obligatoria, pero el contagio ya había salido del control. Mientras escribo (31/05), casi todos los hospitales de la capital están colapsados. En varios hospitales trabajadores de la salud ya denuncian que tienen que elegir quién será conectado a un ventilador mecánico. El ministro de la Salud, Jaime Mañalich, odiado por la mayor parte de la población, anunció que la pandemia salió de control y que todas las previsiones que tenían se mostraron equivocadas.

En muchos barrios populares la situación es de desesperación, pero también de lucha y organización. Las primeras protestas contra el hambre empezaron en la comuna de El Bosque, un sector muy popular de Santiago. Luego, otras poblaciones también empezaron a salir a la calle: la Granja, Bajos de Mena, San Ramón. El hambre hizo volver una de las formas de solidaridad más antiguas y tradicionales de Chile – las ollas comunes – organizaciones de pobladoras y pobladores que reciben donaciones de alimentos para cocinar y repartir comida para las familias cesantes. Las ollas comunes aparecieron en todas las crisis económicas del último siglo – en los años 30, en los 80 y vuelven a aparecer ahora.

La mayoría de los trabajadores sabe que no puede esperar nada del gobierno. Grupos de jóvenes que antes estaban luchando en las calles contra la policía empezaron a higienizar los barrios (las brigadas de sanitización). Otros empezaron a hacer grupos de acopios de alimentos y repartirlos. Muchas asambleas territoriales que surgieron al calor de la lucha de los últimos meses empezaron a organizar ollas comunes. Una frase escuchada por todas partes es: solo el pueblo ayuda al pueblo.

La pandemia y la crisis económica y social avanzan muy rápido. Es difícil prever lo que va a pasar en los próximos días o semanas. La probabilidad de un aumento de las protestas aún en el marco de la pandemia es muy alta. Como en Brasil y Estados Unidos, los trabajadores más pobres se están dando cuenta que la única posibilidad de futuro está en sus manos. El capitalismo va llevando la humanidad a un agujero negro. Sin embargo, aún hay esperanza. Esta esperanza está en el pueblo pobre, en las ollas comunes chilenas, en la población negra y blanca trabajadora que lucha contra el racismo en Estados Unidos, en los pobladores de las favelas brasileñas como Paraisópolis, que están haciendo con sus propias manos lo que ningún empresario o gobierno es capaz de hacer: garantizar la supervivencia de la gran mayoría de la humanidad en todos los países de mundo.