Desde la ventana de mi refugio. Pequeñas historias de urgencia desde Palo Alto

Gabriel Gatti
Palo Alto, 4 de Maio de 2020

La declaración de pandemia me agarró fuera de casa, en un año sabático en la Universidad de Stanford, en Palo Alto, en California, en el corazón intelectual de Silicon Valley, el ombligo del monstruo. Los sucesivos cierres de espacios aéreos me han terminado por dejar confinado aquí. Desde la ventana de mi casa miro la calle. Son ventanas grandes, y tengo un balcón. El Shelter at home, que gobierna este momento cuerpos y vidas y relaciones, en la interpretación amable del Condado de Santa Clara, me deja salir a la calle y en la calle de California hace bastante sol. En la universidad no queda nadie y se pasea con mucha comodidad por un campus de avenidas amplias, pero con poca gente. Si alguien pasa, nos hacemos a un lado y nos sonreímos.

Intentaré contar historias que den sentido a lo que veo.
New normal
En el exterior de la casa en la que vivo no oigo nada de lo que se solía oír todos los días desde que llegué aquí, en agosto de 2019, hasta hace unas pocas semanas. No hay apenas coches, no se oyen ya los helicópteros que iban al complejo hospitalario (privado) que está a media milla de aquí, apenas pasan tres o cuatro aviones al día mientras antes los había por decenas, que atravesaban el cielo para aterrizar en los aeropuertos de San Francisco, Oakland o San José, todos ellos aquí nomás. Ahora no llegan casi. El mundo exterior parece haberse vuelto inhóspito desde que se decretó el “abrigo en casa” para parar la expansión del coronavirus. En la universidad no hay nadie desde hace ya dos meses: la vaciaron rápido pero gradualmente, y rápido pero gradualmente el personal administrativo, el profesorado y los estudiantes se han ido adaptando al new normal. El próximo cuatrimestre está preparado, hay nuevos syllabus, múltiples formas de acceder a buena parte del material que haga falta, personal disponible, recursos.

En la primera semana ya tenemos una reunión por zoom, y nos sugieren jugar al trivial online, comer juntos online, comer incluso la misma comida. Luego eso paró y se olvidaron bastante de mí. En la escuela, que es pública, mi hija tendrá horas diarias de clase (online), tendrá música (online), tendrá inglés para extranjeros y hasta tendrá ballet y dibujo (online, claro). El new normal. Se activaron al toque los servicios de atención psicológica, por si no bastasen para sostener mis ánimos caídos los mensajes de la decana ofreciéndome tomar un café por zoom y avisándome con mucha empatía que podría sentir ira, frustración, ansiedad, tristeza, desconcierto.

Confieso que fui tremendamente feliz en los siete meses que procedieron a la pandemia. Ahora, que como con toda crisis, se notan más las costuras que sostienen este mundo perfecto de parques, ardillas con horarios, discriminación positiva, armonía liberal y capitalismo amable, hay algo que me chirría. Como diría alguno, no tengo pruebas, pero mi sensación es que en este lugar tan rico que veo desde la ventana de mi refugio, estaban preparados: sabían de distancia social —que la practican siempre—, conocían el quédese en casa —es su imaginación espacial del mundo, la economía moral de su espacialidad es esa—, tenían las herramientas de gestión y comunicación para administrar esta pandemia y sus consecuencias. Las inventaron ellos: zoom, la empresa, está en San José, a unas 15 millas, y así con casi todos, o con todos, los softwares con los que estamos administrando este mal trago colectivo y planetario.

“Covid can’t stop love”, dicen en una circular de la Universidad. Seguramente. Lo que pasa es que me quiero ir a casa.

Con la familia en casa, a resguardo de los indios y los zombis. Ya contar historias
Todos se metieron en sus casas, grandes como parques. Podemos pasear, pero no hay nadie y si lo hay nos sonreímos (salvo si es asiático, porque si lo es llevará barbijo) y bailamos la “Six feets social distance dance”. En sus casas está el mundo, con su familia, y luego la comunidad.

No quiero manejar recetas ya escritas para entender esto. Las que han surgido por todas partes son grotescas y producen eso tan doloroso que es la vergüenza ajena. Pero necesito referencias y las que estoy manejando vienen del cine. No es difícil que te venga eso a la cabeza estando en California: la primera vez que estuvimos aquí durante un rato largo (en 2015 en Santa Cruz, aquí al lado, donde Haraway y Tsing y Clifford y tal), todo recordaba a películas de catástrofes y de zombis. Caímos rápido en la cuenta de que era porque las películas de zombis y de catástrofes se filmaron ahí, al lado del Pacífico. Ahora, sin embargo, veo que hay algo que va más allá de esa coincidencia material en los escenarios; tiene que ver con los imaginarios culturales sobre lo nuestro y lo ajeno, lo protegible y lo que no, que vehicula ese género (el de zombis).

Sí, ahora qué la catástrofe llegó de verdad, me doy cuenta que en ese cine, en las películas del lejano oeste, en cada comunicado de la universidad de Stanford, o en cada carta del responsable de alguna unidad académica se esconde la misma cosa, el capitalismo amable, en el que una cierta idea de “refugio en el hogar” escalonado está en el centro: yo → mi familia → mi comunidad (hasta n comunidades) / el otro (= zombi, indio, “bad gente”, nigro, chino, coronavirus). “Mantente sano, cerca de tus seres queridos, y conectado a nuestra comunidad”, me dicen. Primer refugio: tú mismo; segundo: your loved ones; tercero: our community; luego, el mundo exterior respecto del que puedes o protegerte (que para eso están las armas y el rechazo moral) o compadecerte y repartir con él la gloria que te bendijo (darle al que no tiene, desde tu modelo de vida hasta ayudas económicas). Es como en cada capítulo de The walking dead, ¿los vieron? En general, se debaten entre pocas opciones para una sola solución al colapso general. La solución es construir la comunidad. La opción 1: poder estar con la familia, estar con los que siempre fueron los nuestros. La opción 2: vivir con el problema (eso es de Donna Haraway, que debe de estar confinada a no demasiadas millas de aquí, entre preciosos redwoods, perros, juegos de cordel y surfistas, allá en Santa Cruz) y reconstruir nuevos parentescos con familias que no sean necesariamente las “de sangre”.

Desaparición social y basura orgánica
Los campus de las universidades norteamericanas que conozco son todos parecidos: ordenados, enormes, cerrados sobre sí mismos hasta parecer ciudades. Si las universidades son poderosas, esos adjetivos se quedan cortos. El campus de Stanford, en ese sentido, es apoteósico. Es realmente bello, equilibrado, sustentable. Todo está en su sitio, todo, y un ejército silencioso de arregladores del desorden (en general, mexicanos) se encarga de mantenerlo así sin que los usuarios nos demos mucha cuenta. Desde que se decretaron las medidas para frenar al Covid-19, sin embargo, esas brigadas de arregladores concentran su actividad en cuestiones más esenciales que la limpieza y aunque el centro del campus y la zona de residencias del profesorado sigue en general impoluto, apenas con la hierba más alta, apenas con algún coche más sucio que antes, los bordes del paraíso no lo están tanto. Hay algo que antes no había, ardillas muertas. Teniendo en cuenta el rol que esos animalitos juegan en la construcción social de placidez, me parece que es un dato que no se debe desdeñar.

No he ido mucho más allá del campus, a East Palo Alto o más allá todavía, a dos o tres horas de coche, donde viven los que se encargan de limpiar, ajardinar, recoger. Es gente que está en el límite pero que cuenta, a los que se cuenta —hasta se les invita a ingresar al censo que se está organizando estos días, uno que convoca a los que ahora no (se) cuentan— y para los que se llevan tiempo produciendo relatos que tienen buena escucha.

Pero hay zonas más allá de eso, en realidad más acá, bajo puentes cercanos, bordes de carreteras de acá nomás, en los agujeros donde vive (¿vive?) una legión de desechables, los desperdicios de este capitalismo amable que antes no se contaban y ahora se cuentan aun menos. A esos les llamamos (el plural remite al equipo de gente con la que trabajo en el proyecto Desapariciones) desaparecidos sociales y es sobre esos que había estado trabajando hasta que esa red que es el Covid-19 se acercó a mi puerta. Esos sí que no cuentan, ni tienen cuentas, ni tienen historias.

Esta parte degradada de la vida colectiva ahora se ve más, porque son los únicos que siguen en la calle. Cuatro o cinco personas, en Palo Alto no he visto muchos más, con cuadros psiquiátricos serios, empujando un carrito, hablando solos, solas. Estaban fuera antes, en zonas de indios, y ahí siguen. Mi impresión es que no tardarán en sumergirse de nuevo en el vacío y desaparecer.
Basura orgánica en el borde

Los bordes están acumulando una forma de basura nueva: barbijos, guantes azules, botellitas de alcohol. Los hay a cientos, al lado de hospitales, en las paradas de bus. He leído sobre ese crecimiento de esta forma nueva de basura distintas interpretaciones rápidas, de esas que cronistas, filósofos, sociólogos antropólogos están vendiendo durante estas últimas semanas. Algunos dicen que son restos de guerra, otros que se parecen a los residuos orgánicos que dejan los migrantes que atraviesan el desierto de Sonora para ingresar ilegalmente a los Estados Unidos, que son trazos de la historia que queda atrás, antes de que los tirasen.

Pero no me creo esas interpretaciones; no le veo poesía ni épica ni heroísmo al gesto de tirar al monte una botellita de alcohol cuando se te acaba, o de desprenderte de tu mascarilla quirúrgica tirándola al suelo cuando se acaba su escasa vida útil. Aquí hay un acto voluntario, intencional, algo controlable; aquí uno se desprende a sabiendas de lo que es de un residuo que porta o puede portar restos biológicos que expanden la red del virus, y lo deja expuesto y accesible. Leí ayer un texto de Judith Butler sobre los objetos. A partir de una reflexión sobre el valor que porta cada cosa que sale de las redes de producción de las que formamos parte, nos invitaba a pensar en cómo cada objeto que recibimos de manos de un repartidor o que compramos en un supermercado y que llevamos luego a casa nos encadena a una red de producción de sentido que suma capital, cuidado, vulnerabilidad y dependencia mutuas. La reflexión era bella, hablaba de la vida social del objeto, de cómo el objeto la lleva puesta y la produce. Hablaba de la sólida solidaridad que nos une a esas cosas y a los que las producen, mueven, traen, hasta mí.

Apelaba luego a pensar en el gesto de limpiar esos objetos al ingresarlos a casa y creo haber entendido que nos proponía entender ese gesto como uno más de los que componen una cadena de menudencias que, articuladas, nos reúne y nos cuida: limpiando con lejía esa cosa no me estaba desprendiendo del rastro de un congénere, decía, sino cuidando la red en la que todos (ella, él, yo, la caja y hasta el virus) estábamos articulados.

Bien, lo voy a intentar ver así. Luego sonreiré como solo lo saben hacer en esta zona. Ahora bien ¿cómo pensar en esos términos el acto de despojo de un resto no orgánico que protege a los demás de tus posibles males orgánicos? ¿Como un acto de generosidad? parece difícil ¿Como una manifestación de individualismo egoísta? Quizás, pero es algo simple y moralista decirlo. No sé si puedo ser tan optimista.

Contar historias
Donna Haraway, en un documental de hace poquito, Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival, dice que necesitamos otro modo de contar historias. Vale la pena ver cómo lo dice, dónde lo dice, cómo articula el cómo, el dónde y el qué. Vale porque las historias que cuenta esta mujer siempre hacen pensar, es una narradora seductora y tremendamente envolvente. Al verla y oírla se entiende muy bien la cara aún más amable de ese capitalismo amable que mencioné, ese que veo en Palo Alto, esa cara que roza y hasta realiza los capítulos que contienen las fábulas más bellas de nuestras utopías, de las mías al menos: amar con libertad, vivir cerca y dentro de la naturaleza, hacerlo en comunidades consecuentes, tener capacidad de decidir qué se es, qué se hace y con quién, poder ser crítico, empático, autoconsciente de tus límites, trabajarlo. El sueño moderno realizado, y realizado de verdad. No lo digo con ironía. Cuando funciona, esta versión tan poderosa de ese sueño, donde el liberalismo se cruza con el anarquismo y las miserias del primero se transforman en bellezas del otro, diría que este es uno de los pocos lugares donde verlo realizado. Pero me distraje. Citaba a Donna Haraway para preguntarme ¿cómo contar historias cuando estás encerrado detrás de su ventana? ¿Cómo ofrecer historias densas y con contextos, con olor? ¿cómo será el oficio de contar historias en el futuro si esto sigue así?